El árbol baobab
El ángel David escribe de cómo se enamoró un catorce... (Inspirado en la película 'Wings of Desire' del maestro Wim Wenders).
Lo escribí un catorce, justo después de haber leído algunas palabras que penetraron en ese oscuro y a la vez luminoso lugar al que los hombres llaman corazón. Levanto la vista y al momento en el que las palabras vienen a la mente, siento cómo el mismo misterioso lugar se mueve al ritmo de los tambores, al ritmo de mi corazón los momentos van y vienen… Volteo y me acuerdo del cielo, de sus estrellas y de la luna llena. Ahora heme aquí, con las palabras ‘te quiero’ rodando fuera de mi lengua y las emociones mostrándome el camino de lo que seguro ya es mi hogar; sí, allá dónde el océano y el cielo se encuentran para fundirse, allá donde por siglos he navegado…
Lo escribí un catorce, cuando después de haber estado a su lado experimenté aquello a lo que lo hombres llaman paz. Muevo mis brazos con vigorosa fuerza y de pronto mis alas me elevan. Heme aquí, con la cara al cielo y la luz del imponente sol dándome a la cara; heme aquí, quizá en el último aliento de mi vida celestial para fundirme con ella en ese lugar del que he caído enamorado, de ese lugar al que hombres y mujeres llaman casa. Las voces arriba de mí han dejado de cesar para darme por vez primera en muchos siglos algo de razón; entendiendo que ellos no conocerán quizá nunca ese sentimiento, si es que así puedo describirlo, ante el que la gente en la tierra cae derrotada. No quisiera errar en ninguna apreciación, pues con certeza me es imposible describir lo que en mí sucede…
Las alas caen y con ellas mi vida de antaño; mi inmortalidad se vuelve mortalidad; mi frialdad celestial se vuelve amor terrenal. Extrañas las palabras que aparecen ante mí, de pronto colores y sensaciones, cosas que sabía existían pero ignoraba cómo eran. El golpe fue duro, pero la caída lejos de ser eso se volvió en un hermoso ascenso a lo que tanto añoraba. Corro ya sin alas en la espalda, corro sintiendo por vez primera mi frente sangrar y juntarse con mi sudor. Emocionado sigo sin parar, pues a pesar de siglos de estar entre ellos, nada más verdadero que mi ignorancia sobre aquello que ellos experimentaban. Y ahora heme aquí, justo un día catorce cuando lo escribí…
Ángel fui, y hombre soy; inmortal fui, y mortal soy; ángel fui, vigilante también; hombre soy, vigilado ahora… Llego ante ella y sin poder dar crédito me observa dudosa, intentando dar razón a la cabeza para decirse a sí misma que no era más que un sueño y un susurro; que no era más que su ángel de la guarda... Pero entonces me acerco y sin poder detenerme sentía el calor en mi novedoso cuerpo e intentando entender lo que sucedía sólo me dejé llevar y tomándole de la cara sentí su suavidad. Cerré los ojos y entonces sin pensar ambos nos besamos y fundimos en una hermosa muestra de aquello a lo que los hombres llamaron amor hace ya muchos siglos. Ángel fui, hombre soy; infeliz no, pues desconocía su significado, pero ahora feliz, pues gracias a ella sólo felicidad conocí… Amor era su nombre y el mío Ángel; y esta nuestra historia, la que escribí un día catorce…
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Enrique Figueroa Anaya
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El árbol baobab
Es chistoso, pero cada vez que la veo me recuerda la alegría que solía tener cuando llegó a la ciudad. Hoy parece que el tiempo no ha pasado en vano, y con él, tristeza y desolación le han dejado. Antes sonreía, saltaba y jugaba; hace tiempo cuando apenas venía del campo ilusionada a vivir en la gran ciudad, observaba maravillada los enormes edificios, el gentío y los cientos de vendedores. Estaba atrapada, sabía que ese era el lugar que le habían contado una y otra vez.
“Verás una avenida preciosa, custodiada por imponentes edificios que culminarán en un hermoso castillo surgido del más bello cuento de hadas. Si caminas con cuidado verás hermosas estatuas; la más bella seguramente una bañada en oro que descansa sobre un enorme pedestal. Esa es la memoria a los héroes que hace años nos dieron patria.” Esas eran las palabras que se grabaron eternamente en la memoria de aquella niña que solía sonreír…
Hoy la veo y me recuerda su antigua felicidad; sin embargo, no deja de acongojarme el pensar que ya no es más feliz. Todo comenzó cuando salió a caminar en el lugar de los palacios. Su cara llevaba una hermosa sonrisa; de su mano derecha sobresalía una colorida canasta donde llevaría la mercancía a vender en el mercado. Todo eso cambió. Todo eso acabó. Justo esa tarde que salía de trabajar había sido asaltada. Al día siguiente intentó enfrentarlo y nuevamente era asaltada…
Hoy han pasado ya muchos años de aquellos primeros días en la ciudad. Aprendió a ser más reservada y a ocultarse en la multitud. Aprendió a desconfiar y a ignorar. Aprendió a gritar y a golpear. Y sí, olvidó a sonreír… La ciudad la había vuelto más fría. La ciudad le había enseñado a aprender de la gente. Subía al metro y sujeta de los barrotes veía las caras de los demás. Para ellos, ella no existía. Al inicio, muy al principio, solía sonreírles. Aprendió que en medio de una gran ciudad era tan sólo un fantasma. No importaba lo que expresara. En el vagón del metro parecía que los sentimientos habían muerto.
De vez en cuando regresaba a su casa y veía las hermosas fotos en el campo. Se acordaba del olor de la primavera y de la frescura de los ríos; añoraba la sombra de un enorme árbol. Se sentaba entonces y no prendía radio, ni televisión. No leía el periódico ya que lo único que veía en esos medios era tristeza y dolor. Prefería ignorarlo y olvidarse un poco de lo que sucedía para no entristecerse más. A veces salía, pero ya no era lo mismo. Emprendía el mismo camino que recorrió la primera vez que llegó; solo que ahora ya no había magia.
Un día, aquél de quien menos se esperaba algo, fue quien le devolvió por un día en la ciudad, un poco de alegría. Caminaba con rumbo al mercado como todos los días, siempre precavida y armada con un cuchillo por si algún ‘vivo’ le atacaba. La mirada estaba perdida pero a la vez sus sentidos estaban atentos. De pronto sucedió. Ahí lo vio ella. Era pequeño, si acaso unos 5 años. ¿Qué sucedía? ¿Por qué de pronto se detenía? La respuesta era clara y sólo una… Ese niño, por vez primera en su larga estancia de 4 años fue el primero que le sonrió en la gran metrópoli.
Hoy aunque no la muestre, sabemos que la sonrisa está oculta en lo más profundo de su corazón. Que cuando la necesita sale a la luz. Que esa esperanza se resume en ese niño.
“¡Gioconda! ¡Gioconda!”, le gritan a lo lejos.
Enrique Figueroa Anaya
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Por mucho tiempo lo había pensado, miraba en sus ojos y encontraba la respuesta. Me desesperaba, odiaba tenerlo frente a mí y parecía enloquecerme. Necesitaba aire. No quería salir, pero tampoco quería quedarme. ¡Estaba harto!
Acelero, el auto revoluciona a todo lo que da y por un momento cierro los ojos. Los cierro porque me duele saber que el mayor problema que tenemos es tan profundo como una raíz.
El árbol baobab
Román, mas preocupado que nunca tomó el camino de regreso al laboratorio, tratando de pedirle disculpas al doctor para así sentirse tranquilo y volver a empezar, volver a aprender y olvidar aquel placer que llegó a sentir. No podía ser, un hombre de ciencia no podía comportarse como Román, un hombre de ciencia no pensaría en torturar a los animales de prueba. Así, así simplemente no pensaría un hombre de ciencia.
Subió pronto las escaleras, viendo preocupado que las luces ya estaban apagadas. Rogelio ya se había ido. Se detuvo frente a la puerta, apoyaba su cabeza y pensaba que al día siguiente le explicaría todo a su amigo. Pero por un momento volvió a pensar en el mono. Tomando con su mano la chapa de la puerta, empezó a girarla lentamente, lo hacía por impulso, las mismas ansias le ganaban. La puerta abierta ya, mostraba enfrente al mono, que al momento de ver a Román se dirigió al fondo de su jaula y trató de esconderse, estaba atemorizado.
-No temas amigo, no te haré daño, sólo eres un mono. Los monos no sienten...-
-No temas amigo, no te haremos daño, sólo eres un clon. Los clones no sienten...-
De pronto Román escuchaba esas palabras, era la misma frase que decía, pero... Volteó a ver y lo único que observaba eran unos enormes barrotes que lo aprisionaban en una jaula. Corrió hacia ellos y sujetándolos con fuerza observaba como una luz lo iluminaba, al fondo dos hombres se acercaban.
-Es hora de probar la vacuna, de fallar pasarán años en encontrar otra Julio...-
Román estaba confundido de pronto, no sabía qué estaba sucediendo. Minutos antes estaba acercándose cuidadosamente hacia el mono, ahora estaba dentro de una celda viendo como dos hombres se le acercaban. Observaba aterrorizado la enorme jeringa que sacaba uno de los dos hombres.
-¡No me pueden hacer esto! ¡Soy un hombre!-
Los dos, ambos profesores de prestigiadas universidades, se observaron mutuamente y uno de ellos con una sonrisa maliciosa dijo.
-Cállate. Gracias a clones como tu ya no usamos a los pobres simios...-
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Enrique Figueroa Anaya
Productor Kiosko
El árbol baobab
El laboratorio era un lugar frío, donde poca luz entraba por aquella ventana chica que se encontraba en el fondo. Eran entonces dos hombres, dos amigos que durante años habían compartido diversas experiencias, y el destino entonces, los volvía a juntar en un laboratorio. Entre ellos el profesor Rogelio, hombre de 60 años, ganador de diversos premios y encargado de aquel laboratorio tan sofisticado. Por otro lado, su aprendiz, el doctor Román, un hombre joven de 30 años que iniciaba gustoso sus primeros experimentos, un joven que anhelaba descubrir grandes fórmulas, encontrar grandes curas, ganar reconocidos premios...
-Paciencia Román, la ciencia es algo que se debe tomar con paciencia...-
Con sabiduría comentaba a cada rato el profesor Rogelio a su joven aprendiz, la importancia del autocontrol, de la precaución y de la paciencia en el laboratorio. Años de ejercer en su laboratorio le habían demostrado que las ansias de cualquier científico, a la edad que fuera, siempre resultaban en fatales consecuencias. Era así, a la hora de probar nuevas vacunas, justo en el momento de experimentar en animales para observar las reacciones de éstos ante virus y enfermedades, cuando el joven Román sonreía maliciosamente inyectando a las “víctimas” inocentes.
Un día el doctor Rogelio le encargó probar un peligroso virus proveniente del amazonas sobre un pobre simio. Román, como era su costumbre, se le quedaba viendo al mono. Caminaba lentamente con la jeringa en mano y su traje colocado para no contagiarse, se dirigía pacientemente disfrutando la cara de sufrimiento del simio, que veía venir algo peligroso. El infeliz tenía razón, su final estaba cerca.
-¡Román! ¡Deja ese juego en paz! Te dije que probaras el virus, no que torturaras al simio...-
Se paró entonces Román, apretaba con fuerza la jeringa y viendo al mono se quedó unos segundos pensando. Después, sonriendo nuevamente con malicia al mono, dejó sobre una mesa cercana la jeringa con el virus. Volteó y caminó hacia el doctor Rogelio, tranquilamente se quitó el traje y le pidió libre el día. El doctor, extrañado por la actitud de su aprendiz lo dejó irse, quizá era lo mejor.
Aquella era una noche fría, una noche en la que caía sobre la Ciudad de México una suave lluvia que apenas mojaba la cara de Román, que en ese momento caminaba pensando en lo que le había pasado ante el mono. Nunca había disfrutado tanto el hacer sufrir a uno de los animales de prueba, esta vez era diferente, esta vez podía sentir aquel joven el placer de ver sufrir al indefenso animal. Quizá el sentirse poderoso, quizá el imaginar que tenía un arma entre sus manos y que decidiría cuando usarla. Quizá el saber que el animal sabía lo que le esperaba... Lo que le quedaba claro al joven aprendiz, era que aquella noche no había sido el mismo de antes en el laboratorio. Esta vez había cambiado y olvidado las sabias palabras de Rogelio. La paciencia, precaución, y sobre todo el autocontrol, estaban en duda.
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Enrique Figueroa Anaya
Productor Kiosko
El árbol baobab
¿Recuerdas esa noche que le tomaste de la mano? ¿Esa noche que la miraste a los ojos, y entre jugueteos, le diste el primer beso? Yo nunca la olvidaré. Porque entonces algo intrínseco salió a flote, algo que por lo menos yo me había guardado. Fue como esa noche que la ví, en la playa, anidando...
Sí, todo comenzó con una molestia, con un enojo, con una discusión. Y es que de pronto hay cosas que uno no soporta, ese simple hecho de quererle tomar el pelo a uno, esa manera de ver cómo te chingas al otro. Sin embargo, de manera inconsciente, eso preparó el camino. Y en efecto, lo hizo de manera mágica, de manera que no lo esperaba: supo diferente.
La noche era una más, el cansancio de las salidas pasadas nos invadió por un momento. Aunque claro, cabe destacar que en efecto, siempre teníamos en mente aquello, encontrar finalmente una tortuga marina, algo que nos alentara a seguir en el viaje al que nos habíamos embarcado. Algo que nos recordara esa magia que nos impulsó, aunque por dentro, desconociéramos el cómo íbamos a reaccionar.
El sonido de la moto se vio envuelto por el chocar de las olas. La noche, una vez más, lucía espléndida. El camino estaba libre de moscos, chaquistes o algo parecido. Esa noche sólo llevábamos con nosotros más esperanzas. Fue entonces que la escuché, la sentí.
Su respiración era obvia y nos detuvimos. Bajamos con cuidado y nos acercamos a ella, era una tortuga golfina de aproximadamente un metro de longitud. Cubierta de arena colocaba con cuidado los huevos de sus descendientes que jamás conocería. Sonreímos, estábamos emocionados de ver el espectáculo y saberla ahí. No lo sé, quizá cuando vea a mi primer hijo nacer, vuelva a experimentar el mismo sentimiento. Con cuidado recolectamos sus 138 huevos, tan pequeños como una pelotita de golf. 138 huevos de los que desconocíamos cuántas tortugas saldrían hacia el mar, cuántas otras llegarían a la edad adulta, y sobre todo, cuántas volverían.
Su réspiración era fuerte, constante, profunda. Me acerqué a sus ojos y lo corroboré, se veían sus lágrimas, aquéllas que le protegían de la sal, de la arena. Eso a mí no me importaba, para mí eran lágrimas, y sus suspiros, eran un esfuerzo tremendo que la habían sacado del mar. Ahora, en nuestras manos, teníamos a sus descendientes, a sus hijos. Después de acariciarla, de verla, de estar con ella, llegó su partida, su viaje de regreso, su despedida...
Por mi cabeza pasaron tantas cosas. El mar, la noche, las estrellas; quería gritar, pero la garganta se me había cerrado. Quería decirle adios, pero mi voz seguramente sonaría entrecortada. Fue como tomarla de la mano, como verle a los ojos y repetirle cada que podía: Te quiero tanto, de verdad. Entonces me moví junto con ella, me acerqué y me metí al mar hasta donde pude. Le estaba diciendo adios, le estaba agradeciendo tanto por este momento; aunque ella, no lo supiera.
Fue así que todas las cosas, el viaje, los momentos, los gastos, y demás, tomaron el significado que deseaba. Fue entonces que esa misma frase que mencioné al inicio, que ese plan que no tenía entre mis manos, tomó sentido y me supo diferente, me supo tan bien. Y es que a su partida, en medio de ese mar bajo la noche estrellada, quería tanto que me llevara con ella; aunque sí, hoy que lo pienso, ella, ella siempre se quedó conmigo...
Dedicado a los 8 hermanos que me acompañaron en ese viaje a Chiapas, a esos 8 hermanos que compartieron conmigo esa magia. A todos ustedes, nunca los olvidaré.
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Enrique Figueroa Anaya
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El árbol baobab
Una de nuestras actividades consistía en monitorear la larga playa chiapaneca, con el único fin de recolectar huevos de tortuga marina. La intención, era llevárnoslos y anidarlos en una incubadora que consistía de simple arena. Pero en aquellas fechas, a mediados de julio, la llegada de la tortuga golfina, la especie que más anida en esas playas, no es tan fuerte como en otras fechas. Fue así que las primeras noches se vieron envueltas de esceptisismo por parte de muchos de nosotros.
Por las mañanas nos levantábamos, a eso de las 7 u 8 de la mañana, a empezar con algunas actividades. Ahí, en esas horas, empezaban las pruebas que se habían puesto en el camino para probar nuestra resistencia. Me río de solo acordarme, del primer momento en el que agarré una coa, del primer instante en el que la conocí. Recuerdo que por aquellos días no era el único, seguro muchos pensamos de las dificultades y nos pusimos a cuestionar tantas cosas. Los moscos, las chariscas (digo, los chaquistes), las hormigas, el calor, etc. Todo eso se nos puso en el camino, todo eso nos hacía dudar.
Llegaba el medio día, las actividades se detenían y entonces pasaron los que seguramente fueron los mejores momentos estáticos que jamás hayamos pasado. Acostados, sentados, parados; la cosa era estar en un solo sitio platicando, bromeando, jugando... Luego la comida, más tarde más actividades, y ya, por la noche, intentar encontrar una tortuga marina; aunque sea un nido.
Una noche recuerdo haberme levantado hacia la playa. El solo sonido del mar golpeando con sus olas contra la playa, era un sonido tranquilizador que me invitaba a pensar. Levantaba la vista y volteaba al cielo. El día había valido la pena, pero la noche lo valía más...
Con el tiempo, las 9 personas que nos reunimos nos fuimos conociendo. Claro, cada uno con sus obvias diferencias, y quizá empujados por las circunstancias (el tener que vivir juntos por tres semanas), nos fuimos llevando mejor. Fue así que esos dos edificios, la playa, el pueblo, el día y la noche, se iban volviendo en nuestro hogar, no sólo en nuestra casa. Y es que a veces me pongo a pensar en esa palabra: Hogar. Pareciera que es tan normal hablar de él, pero si nos ponemos a reflexionar, es algo más grande, algo supremo. Y es que cuando intentamos describir algo con palabras, y simplemente no lo logamos, es porque se volvió más grande que nosotros.
Las inclemencias se habían superado, ahora quedaban las risas. El calor y los chaquistes se volvieron en algo cotidiano, para dar paso entonces a algo nuevo que siempre se quedaría con nosotros. Las experiencias, las risas, esos momentos que seguro seguirán, aunque con el tiempo, nos dejemos de ver.
Sin embargo había algo más, ese instante que no estaba planeado, ese único momento que daría de algún modo el cierre significativo a todos estos momentos. Esa respiración, esa mirada, esa partida...
CONTINUARÁ...
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Enrique Figueroa Anaya
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El árbol babobab
Cada día estoy más de acuerdo con esa frase que habla de que lo mejor que le sucede a uno en la vida, es cuando nunca se planea. Y es que sabe diferente. Como cuando pruebas algo que no esperabas que estuviera tan rico, como cuando escuchas en vivo una canción que te impacta sin saber qué es lo que ibas a esperar. Simplemente es algo que te toma por sorpresa...
A mí me pasó hace ya algunos meses, en un lugar lejos de mi casa, en un lugar ajeno a todo aquello a lo que estaba acostumbrado. De pronto, mi ritmo de vida en unas semanas se volvió diferente. Mi cama se convirtió en arena, mi casa se transformó en una pequeña casa de campaña... El frío lo cambié por el calor, la comida se racionó. Pero de entre todas cosas, jamás olvidaré la brisa, el sonido del mar, mi hogar...
Sonrío cuando pasan por mi mente aquellas imágenes en las que visualizaba cómo sería el viaje a Chiapas, lugar mágico que me alojó por un mes. Sonreía, de verdad que había algo que me animaba; sin embargo, también había cierto aire de misterio, quizá, hasta cierto miedo. ¿Qué me esperaba? Si bien no iba sólo, había algo en mí que me hacía dudar de lo que podía esperar.
Puerto Arista, un puerto chiapaneco cercano al Estado de Oaxaca, fue el lugar elegido que contestaría cada una de mis preguntas. Fue muy curioso bajar del camión, lleno de cosas, pensando que uno estaba listo, que sabría que hacer... Ya había magia desde el comienzo, ya se sentía algo diferente. Desde las risas de aquellos que estarían a cargo de nosotros, hasta de aquellos que habían cumplido con su parte del servicio que ahora hacíamos nuestro... Éramos cerca de 9 individuos que llegábamos con muchas cosas y versiones diferentes de lo que nos esperaría. 9 personas que en circunstancias diversas, posiblemente jamás hubiéramos coincidido.
Las primeras 24 horas... ¡Las primeras 24 horas! Eso sí fue una prueba...
Con el tiempo las cosas se volvían cotidianas, con las horas y los días, nos empezamos a acostumbrar, comenzamos entonces a aceptar que esta sería nuestra casa, aunque con el tiempo, se volvería nuestro hogar. El lugar, un sitio dedicado a la perservación de la tortuga marina, estaba dividido en dos edificios. Aunque con el tiempo, esa división se volvió simbólica, los dos lugares ya formaban parte de nuestro día a día.
Hoy, a semanas de haber vivido esa experiencia, hay gente que aún me pregunta.
-¿Y por qué se volvió tan especial?
Cuando me dicen eso, intento ver hacia el cielo, localizar una cruz formada por cuatro estrellas, y recordar entonces, ese día, el que me marcaría, el que daría sentido a ese lazo que dejaría en aquel lugar. El sitio que nunca olvidaré...
CONTINUARÁ...
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Enrique Figueroa Anaya
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El árbol baobab
Es increíble cómo en momentos tan insignificantes vienen a nuestra cabeza respuestas tan profundas como el mismo silencio del inmenso mar u oscuro espacio.
Es increíble cómo de pronto en cuestión de segundos, y sin siquiera pedirlo, la naturaleza nos llama con una voz más poderosa que el rugido de un león o la estrepitosa caída de un árbol.
Pero es así, que de pronto, mirando al cielo me di cuenta...
Levantaba la mano un hombre para contestar hace tiempo a un profesor que preguntaba quién era el mayor filósofo de la historia, a lo que con aquella desfachatez y sencillez, respondió que un niño…
Mirando al cielo me di cuenta...
Un buen día caminé por horas tras lo que llamamos nosotros un mal día, cuando de pronto sentí un terrible temblor debajo de mí. Cayendo sin poder sujetarme con las pocas fuerzas que tenía, azoté la cara contra el frío concreto cuando la lluvia empezaba a caer…
Mirando al cielo me di cuenta...
¿Has visto a un niño en la calle jugar con un camioncito sin llantas? ¿Has visto a una anciana tirada en el piso con un bote y algunos cuantos centavos sin siquiera moverse un poco?
Mirando al cielo me di cuenta...
No hay respuestas concretas, ni siquiera indicios de ellas que nos caigan del cielo. Somos pequeños ante los enormes astros del cosmos, pero somos inmensos parados ante un insecto que aplastamos con nuestra mano; somos débiles ante la naturaleza, mas sin embargo somos capaces de armarnos y acabar con poblaciones enteras…
Mirando al cielo me di cuenta de que polvo y nada somos…
Soñador me dicen, por filósofo me encantaría que me conocieran, ocioso de manera despectiva para algunos, y un tonto o loco para ti. Caminando puedo pasar días enteros, con la esperanza como arma, la cara hacia el concreto pero el alma hacia el cielo, la vista en donde nadie la pone y siempre, con preguntas por hacer…
Pero es así, que de pronto, mirando al cielo me di cuenta de que polvo y nada somos, hasta que abrí los ojos y vi la belleza que atesoramos…
No hay fin...
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Enrique Figueroa Anaya
Productor Kiosko
El árbol baobab
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El árbol baobab
Segunda de dos partes...
Tiempo después, Jardel regresó de una nueva serie de viajes por el espacio. Su tío al oír de su regreso fue de inmediato a avisarle de la repentina muerte de su padre. Sin poder hacer nada mas que resignarse, fue a visitarlo a su tumba. Se hincó y a manera de tributo dejó caer unas gotas de un líquido que había traído de un lejano planeta. El líquido era transparente y decían algunos que significaba la pureza de la vida. Jardel con los ojos llorosos hacía este pequeño tributo a su padre, un hombre que siempre le inspiró a hacer las grandes hazañas que seguía dispuesto a continuar.
Al llegar a su casa su madre y tío lo recibieron contentos, sin embargo notaron la tristeza en la cara del joven. Sirvieron por la noche una maravillosa cena en la que sus mejores amigos estaban invitados, celebraban como siempre, el regreso a salvo de Jardel. Pero éste cansado por el viaje, y comentando que desde la salida de su último destino no podía conciliar el sueño, prefirió subir a su cuarto y acostarse. Jardel quería dormir...
Al momento de lograr dormir una vez más, gracias al excesivo cansancio, a las emociones vividas, así como la muerte de su padre, fue cuando Jardel volvió a soñar. Estaba en medio de una calle, donde los edificios de piedra se alzaban a los lados. Maravillado, el joven aventurero decidió caminar por aquella avenida donde los seres habitantes vivían su vida con normalidad. Cuando de pronto escuchó una serie de explosiones, los edificios caían. Al mismo tiempo se escuchaban balazos a lo lejos cuando de pronto se dio cuenta que una mujer que caminaba junto a él caía víctima de un francotirador en lo alto de uno de los edificios que todavía seguían de pié. Jardel corrió, huía entonces atemorizado de lo que pasaba. Nunca antes se había sentido con tanto miedo al ver que quienes disparaban eran de la misma especie que quienes morían. ¿Era acaso esto una pesadilla? Logró entonces meterse en un edificio, cerró la puerta con cuidado y subió las escaleras para poder esconderse. Sólo oía con terror que las explosiones continuaban, que los disparos no terminaban... Llegó entonces a un cuarto donde observaba que alguien le apuntaba. El que tenía el arma en la mano empezó a gritarle y sólo terminó cuando Jardel se aventó para quitarle la misma. Tras una serie de golpes el arma se disparó, aquella persona había muerto. Jardel horrorizado trató de ver qué había pasado cuando al levantarse se vio en un espejo...
-¡No! ¡No puede ser cierto!-
Karpel subió las escaleras para ver qué le sucedía a su sobrino. Tranquilizándolo le comentaba que sólo había sido una pesadilla, que no sucedía nada, que estaba bien. Al poco rato subió su madre y Jardel ya mas tranquilo se sentó. Tiempo después, tranquilamente se levantó a la ventana donde observaría las estrellas y la enorme luna de su planeta.
-Visité un planeta habitado por seres tan terribles que creo jamás podré dormir tranquilo.- decía mientras alzando una mano observaba el frasco con el liquido transparente, el agua...
-¿En eso soñaste Jardel? ¿Esa fue tu pesadilla?- preguntaba su tío.
-Sí, pero me dio mas miedo cuando creí que era uno de ellos. Cuando imaginé que era un hombre...-
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Enrique Figueroa Anaya
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El árbol baobab
Primera de dos partes...
Jardel era un soñador, alguien al que le gustaba siempre aventurarse en mundos distantes, alguien que disfrutaba el adentrarse en los rincones más difíciles de alcanzar en el universo. Jardel era un aventurero, un valiente y un digno representante de su raza, hijo de Gradel y sobrino del también valiente Karpel. Desde chico aprendió a sobrevivir sin las comodidades de la ciudad, era bueno en el uso de las armas y siempre aprendió las debilidades de las distintas especies en el espacio. Su padre le contaba siempre historias fantásticas de sus viajes por el oscuro espacio, su tío le platicaba de los maravillosos tesoros que existen en otros planetas. Ambos coincidían que el aprender de las demás especies era para ellos algo sumamente valioso, algún día Jardel comprobaría lo que le platicaban. Y ciertamente hoy Jardel ha superado las hazañas de su tío y padre, muy a pesar de que su madre siempre se opuso a los riesgosos viajes por el espacio. Pero el joven Jardel siempre tuvo una pregunta, ¿existiría algún ser que le causara pavor entre todas las especies del universo? Estaba el joven aventurero acostumbrado a llegar a un planeta extraño y ser siempre bien recibido, donde las especies mostrarían temor y le llenarían de regalos. Jardel buscaba algo en el espacio a qué temerle...
Se dice que un día visitó a su ya enfermo padre. Jardel llegó con una serie de regalos de distintos planetas: piedras preciosas, diamantes finamente cortados, oráculos bellamente adornados, pieles preciosas y demás recuerdos que hicieran sentir a su padre que seguía vivo. Gradel incorporándose sonrió a su hijo y agradeció cada uno de los detalles. Viendo entonces a su hijo a los ojos le preguntó qué le agobiaba. Nada se escapaba de los ojos del anciano padre de Jardel.
-¿Es que acaso no hay algún ser tan terrible que me obligue a ser valiente y enfrentarlo?-
Gradel desviaba la mirada de los ojos de su joven hijo. Por un momento miró al piso para posteriormente voltear a la ventana y suspirar. El hermoso sol se ocultaba poco a poco entregando sus últimos rayos de luz a los enormes edificios de la ciudad. Jardel se sentó en una silla esperando entonces alguna respuesta de su padre, cuando éste sacó un papel que guardaba en un cajón de la mesa de al lado; entonces volvió a mirar a su hijo a los ojos.
-Hace años, cuando viajaba de la luna de Mor a Yal, alguien me regaló éste mapa. Primero me preguntó si era valiente, si era aventurero y si estaba dispuesto a viajar a un lugar lejano. Le respondí que sí y me entregó este mapa.-
Con esto Gradel le entregó a su hijo el mapa que hacía años le habían regalado. Al momento de dárselo le fue explicando a su hijo, que el hombre que le entregó aquello le advirtió que el planeta al que llevaba era un lugar terrible, donde los de la especie dominante se mataban entre sí, entre todos ellos existía un odio total, donde el planeta entero vivía en guerras constantes, donde reinaba una especie tan terrible que había sido mejor ignorar y mantener en secreto. Jardel guardó ese mapa y entendió que tomar el riesgo sería lo que estaba buscando desde hacía ya bastante tiempo. Agradeció a su padre el regalo y se despidió de él cuando ya la luz de la luna caía sobre la ciudad.
Continúa...
Atte.
Enrique Figueroa Anaya
Productor Kiosko
El árbol baobab
Con motivo de la marcha histórica contra la inseguridad realizada el 27 de junio de 2004...
PARTE 2
Pasaron los años y Antonio Carlos encontraría, junto con su familia que además incluía a 7 hermanos, el tan esperado hogar citadino. Cierto es que aquello no era de lujo, y es que hay motivos para eso como los modestos trabajos de padre y madre, maestro y secretaria respectivamente. Pero bueno, está de más comentar que la felicidad de un niño no se rige por los bienes materiales. Por eso es tan bella la infancia... Los años pasarían, y Antonio Carlos volvería tradicional sus desmañanadas para salir corriendo por el bosque de Chapultepec, subirse a una lancha y empezar a remar antes de que aquel recinto se llenara. Desayunaba de pronto en alguno que otro puesto sobre avenida Reforma para posteriormente subirse al metro y viajar hacia su escuela donde pasaría gran parte de su tiempo. Al momento de ir contando esto de pronto David y el señor Martínez se topaban con una inmensa multitud, que vestida de blanco, encontraba su lugar de reunión en el ángel de la independencia.
-¿Qué pensarán ellos de nosotros David?- preguntaba con tono melancólico observando hacia la estatua dorada de origen francés -¿Creerán que somos unos locos que nos estamos acabando unos a otros? ¿O acaso avalan nuestro reclamo y caminan justo ahora con nosotros?-
David sólo sonreía a su acompañante, en verdad deseaba decirle que ahí estaba entre todos ellos, sí, de manera fortuita, pero ahí había uno de ellos. Con aquello, el maduro hombre continuaba explicando que había encontrado a una maravillosa mujer y justo a la edad de 28 años ambos contrajeron matrimonio, sí, acá en la Ciudad de México. Recalcaba entonces de forma entusiasta, que su vida bien pudo haberse ido formando en ésta metrópoli, que a pesar de todo lo que ha pasado en ella es su adorada y bella casa. Para Antonio Carlos Martínez, hombre maduro de 50 años oriundo de Tepic, Nayarit, la Ciudad de México era la ciudad más bella del mundo.
La marcha comenzó por ahí de las 11 de la tarde en aquel emblemático punto de la ciudad, y tomaría camino hacia el zócalo donde se tenía previsto llegar a la una para entonar todos en coro el himno nacional. Aquella marcha que tenía como tenor principal la idea de protesta contra las autoridades frente a la grave inseguridad, de pronto se convirtió en un enorme símbolo de esperanza donde, como al principio comenté, distintas personas pero mismos corazones se unían con la consigna de hacer llegar su reclamo. David continuaba caminando junto con su acompañante, mientras se encontraba escuchando de todo, leyendo pancartas, carteles y playeras. Todos protestaban, todos estaban hartos y parecía que a cada paso más gente se sumaba. Días después se enteraría por varios ángeles que desde el cielo aquello lució imponente. No había palabras, no había gritos o protestas como bien pudo haberse imaginado, sólo había aquello que a veces era mas revelador, sí, aquél grito silencioso de miles de personas, decenas de miles, quizá cientos de miles, todos ellos hombres y mujeres; y entre ellos, un ángel, David...
Atte.
Enrique Figueroa Anaya
Productor Kiosko
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Con motivo de la marcha histórica contra la inseguridad realizada el 27 de junio de 2004...
PARTE 1
Estaba ahí David, caminando custodiado por aquellos enormes edificios de la ciudad, en medio de un día donde la luz del sol caía con benevolencia, pasando silencioso entre las pocas personas que comenzaban su camino diario. Pero éste era un día domingo, un 27 de junio de aquel 2004 si no mal recuerdo, un domingo que muchos ciudadanos habían anotado como importante, un domingo que con el pasar de las horas se volvería histórico. Niños, albañiles, secretarias, reporteros, empresarios y demás salían a las calles con playeras, camisas o blusas blancas. Era inevitable darse cuenta que aquello no había sido obra de la casualidad, sino que detrás de aquello existía un motivo del que David, recién llegado, era totalmente ajeno. Pasaban los minutos y en su camino por Chapultepec pudo atestiguar de forma asombrosa la rápida multiplicación de éstos blancos hombres y mujeres, fue entonces que lograría ver las primeras pancartas, algunos carteles pero siempre la misma actitud: El silencio.
-No te preocupes, el color negro también marcha con nosotros...- interrumpía un hombre maduro en la meditación de David -me llamo Carlos, me da gusto ver tanta gente apenas al comienzo. ¿A ti no?-
Tomado por sorpresa, el ángel quedó un poco pasmado hasta que logró dar un sí que animó al que se volvería, las siguientes cuatro horas, en su acompañante. Antonio Carlos Martínez, hombre de 50 años, había decidido apenas la noche pasada que tomaría parte de este movimiento. Para entonces el grupo de hombres y mujeres de blanco enfilaba hacia el ángel de la independencia con el majestuoso castillo de Chapultepec a sus espaldas. Platicaba animado con David, que llegó a los 10 años a la Ciudad de México de la mano de su padre, puesto que su madre se les había adelantado al haber conseguido trabajo. Era el mes de abril, el año era el ya lejano 1964 y de pronto éste pequeño oriundo de Tepic, Nayarit, llegaba a la urbe más poblada del país, una de las más grandes del globo y la tan famosa capital azteca. Ilusionado, el pequeño Antonio Carlos veía entusiasmado como en su recorrido por autobús daba aunque sea un corto recorrido visual de lo que le esperaba en la llamada ciudad de los palacios.
-Dime David- que para entonces ya había simpatizado con aquel hombre -¿acaso no es maravilloso caminar por estas calles y salir a pensar?-
El ángel sonreía, pues era aquello lo que disfrutaba de la vida en la tierra, y sin dudarlo movió la cabeza afirmando totalmente aquello que le preguntaban.
-Ahora ya no puedo salir, temo por mi vida y cada que siento temor me encomiendo al Señor. ¡Esto no es vivir David!-
CONTINUARÁ...
Por
Enrique Figueroa Anaya
Productor Kiosko
El árbol baobab
-Qué suerte que es domingo- pienso.
Volteo a ver la hora de mi despertador y siento la boca seca. Necesito un vaso con agua pero me da flojera levantarme por él. Sin embargo la sed me vence y lo hago...
Al hacerlo me asomo por una ventana de mi cuarto que da a una escuela. Ahí vive una familia.
-¡Te dije que dejaras de preguntar estupideces!- gritaba una señora a un pequeño que lloraba.
Me quedé frío. Me senté.
Y es que me acordé de aquellos días en los que siempre preguntaba algo. ¿No te pasaba? Que cuando veías un artefacto nuevo cuestionabas para qué servía, si veías un museo lo mismo, si veías a una persona que estaba triste (si eras muy curioso o chismoso como yo, si le podemos llamar así), que por qué estaba triste...
Más pequeños ni lo ejemplifico, porque eran días en los que todo nos era nuevo, en lo que cada salida o cada pequeño descubrimiento nos impactaba. Aún me acuerdo de ese día en el que aprendí a usar la bici, o el día que aprendí a nadar, es más, me acuerdo del primer día que vi el mar...
Sin embargo, conforme va pasando el tiempo todo nos parece común...
-¡Deja de llorar!- volvía a gritar la señora.
¿Pero cómo es que de pronto todo se nos vuelve tan común?
Vemos el mar y pensamos que es grande, puede ser peligroso si está picado, y si no, es buen lugar para meterte a nadar. ¡Pero no te vayas tan profundo! ¿Acaso ya nos es tan común pensar en todas las especies marinas que ahí coexisten? Existen muchísimas de ellas que no conocemos.
Vemos al cielo y lo vemos nublado, cuando detrás de esas enormes nubes hay muchas estrellas de las cuales ya casi no nos cuestionamos. Y si vemos una hormiga nos da igual, intentamos matarla y ya; cuando en realidad es sorprendente ponernos a pensar en su forma de organización y su asombrosa fuerza.
No se qué día dejé de hacerme preguntas, pero seguramente cuando fui creciendo me sentí más sabio. Sentí que ya no había más que aprender. Que ya nada me asombraba. Y es que creo que eso es un problema terriblemente grande. Porque al perder esa capacidad de asombro, de algún modo nuestra vida se vuelve monótona y aburrida: porque ya sentimos que lo conocemos todo.
-¡Deja de gritarle a ese niño! ¡No es su culpa que quiera aprender y vivir!-
El silencio se hizo para pronto llenarme de una serie de recordatorios familiares. Mi madre fue la más mencionada. Sin embargo tenía que decirlo y me reí por dentro.
Ahora me hacía una pregunta. ¿Por qué hice eso?
Por
Enrique Figueroa Anaya
Productor Kiosko
